El Festival Tucumán Cine Gerardo Vallejo cerró con sorpresas, como viene siendo su característica desde el origen. Ya el hecho de haberse transformado de un certamen local a uno internacional, con el agregado de estar recortado a óperas prima, disparó un interés particular. En su 11° edición, hubo una apuesta a renovarse y a buscar nuevos rumbos, en un territorio bastante desconocido y con muchas dificultades como son las producciones latinoamericanas.

Esas complicaciones no se dan sólo por el desconocimiento de la potencia cinematográfica de cada país del subcontinente de habla española y portuguesa, sino por el desafío de accesibilidad de esos productos cuando se los quiere traer. Una de las fallas sensibles de los procesos de integración regional (Unasur, Mercosur, OEA o cualquier otro) es el plano cultural. Cada vez más producciones compartidas bi o trinacionales, pero de nada sirve si sus resultados caen en las grandes cadenas de distribución, que están en manos concentradas y son de capitales norteamericanos o europeos (en especial, esto últimos son el que más interesados están por el cine de estas tierras, por su cercanía idiomática y estética). De este modo, para conseguir que una película del Uruguay se vea en la Argentina se debe negociar en el viejo mundo y en euros. El ejemplo es real: lo relató Eva Piwowarsky, integrante del jurado y viuda de Vallejo, y la referencia era “El baño del Papa” (una joya estrenada en 2007), que debió esperar dos años para saltar el Río de la Plata.

Esa anécdota se mantiene en el tiempo, sin que nada haya cambiado. El organizador del festival, el director de Medios Audiovisuales del Ente Cultural, Rafael Vásquez, confesó que, pese a sus esfuerzos, fue imposible traer “Ixcanul” por la exigencia económica de la empresa europea que tiene sus derechos de comercialización, y pese a que ya está proyectándose en el cable, por la señal HBO. El filme ganó el Oso de Plata en la última Berlinale, entre otros 12 premios internacionales. Su interés era doble: aparte de los méritos artísticos, la película es de Guatemala, como él.

Si uno se remonta en el tiempo, descubre que el Gerardo Vallejo fue la puerta de entrada de cineastas que han hecho carrera y otros que son más discontinuos. Los antecedentes de premios previos nunca fueron determinantes. El listado de los ganadores arroja de todo: en 2006 se impuso “El custodio”, de Rodrigo Moreno, con Julio Chávez en el protagónico; al año siguiente, “Estrellas”, de Federico León y Marcos Martínez, y luego “Cordero de Dios”, de Lucía Cedrón. En 2009 se desdobló en dos categorías y se impusieron “Alicia y John, el peronismo olvidado”, de Carlos Castro; y “El artista”, de Gastón Duprat y Mariano Cohn, que ahora triunfan por todo el mundo con “El ciudadano ilustre”. Después vinieron “Por tu culpa”, de Anahí Berneri; y “Los labios”, de Santiago Loza e Iván Fund. En 2011 fue el turno de “Norberto apenas tarde”, de Daniel Hendler; y “El estudiante”, del entonces debutante Santiago Mitre (consagrado el año pasado con “La patota”), para que al año siguiente ganase el documental “El etnógrafo”, de Ulises Rosell. En 2013 los premios fueron para “Ramón Ayala”, de Marcos López; y “Los dueños”, de los tucumanos Ezequiel Radusky y Agustín Toscano (elogiados y premiados en Cannes, y en 2014 las estatuillas quedaron en manos de “Dos disparos”, de Martín Rejtman; y de “Mauro”, de Hernán Roselli. En la edición pasada se impuso “Años de calle”, documental de Alejandra Grinschpun.

Ahora fue el turno de la mexicana “Maquinaria pesada”, cuando pocos lo esperaban. El segundo premio fue para la argentina “Hijos nuestros”, en la cual estuvo involucrada una tucumana en su producción, Sazy Salim, una de las responsables de Murillo Filmes. Ambas se impusieron sobre filmes premiados en Berlín (la también mexicana “600 millas”) y Venecia (“Desde allá”), y no representan a sus países en el Oscar ni en el Goya. En años anteriores ya habían quedado sin estatuillas “La patota”, “Relatos salvajes”, “Wakolda”, “El último Elvis” e “Infancia clandestina”, entre muchísimas otras producciones argentinas que compitieron en Tucumán y que tuvieron recorrido internacional resonante.

¿Esto habla de que el criterio de los jurados de Tucumán es mejor que el del tribunal de Berlín, Venecia, Cannes o cualquier otro? De ninguna manera. Lo que resalta es la importancia de construir una propia idea, despojada de las estatuillas recogidas en otras competencias. No hay un criterio superior al otro en la realización artística. Por el contrario, la importancia de la diversidad de miradas y lecturas es lo que potencia a los productos y al público. Por esto mismo, poco importa que se esté de acuerdo o en disidencia con el resultado, consecuencia directa, normal y habitual en cada premiación, Lo trascendente no es el hecho del premio recibido, sino la oportunidad de compartirlo con el público, de llegar a rincones que están inaccesibles en los circuitos comunes de la comercialización.

Este déficit se vive incluso internamente. Las deficiencias en la circulación de películas argentinas y el control abusivo de la pantalla de los filmes norteamericanos es un ejemplo de competencia desleal que ni siquiera el limitado funcionamiento del Espacio Incaa permite equilibrar. Y con el agravante de que una o dos veces por mes, la cartelera de ese lugar está centrada en producciones exitosas de taquilla que han tenido su paso reciente por las salas. Así, esas proyecciones que podrían destinarse a películas que nunca llegarán, terminan reforzando la cadena comercial clásica.

La decepción que hubo en el cierre del Gerardo Vallejo fue que no se haya anunciado ningún avance en la demorada ley provincial de fomento a la producción audiovisual ni en alguna excepción o reducción fiscal para poder filmar en la provincia. Ambas cosas eran esperadas y ansiadas, al punto que Luis Sampieri y Carlos Piwowarski (director y productor de “La hija”, respectivamente) lamentaron que no haya novedades al momento de hablar. En sus palabras se sintetizó el sentir de muchos.